San Francisco de Asís – 4 octubre

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La vida de San Francisco va más allá de la leyenda. Francisco de Asís fue un joven como tantos abandonado a los placeres de la vida, pero un día tuvo que hacer cuentas con la llamada del amor divino y para él no fue fácil deshacerse de todo. Sí, Francisco tuvo el atrevimiento de confiar a ciegas en Dios y dejo la vida y su suerte en Sus manos. Vuelto pobre entre los pobres, fue libre que cantar con el corazón alegre, al unísono con toda la creación. Fue arrastrado por el amor divino sobre las más altas cumbres espirituales y de allí logró ver en cada ser, la chispa del Amor de Dios.

Francisco no fue tierno con él mismo. Sometió el cuerpo a una férrea disciplina con tal de suprimir todos los afanes y todos los deseos impuros. Un día, cuentan las crónicas del tiempo, se revolcó desnudo en la nieve para reprimir la tentación de la carne. Para mortificar su humanidad llevó un cilicio que le atormentó la carne. Vistió un humilde y grosero vestido hecho de crin que le enrojeció la carne y lo defendió ni del frío ni de las condiciones climáticas. Sometió el cuerpo a muchos ayunos y adquirió la fuerza para vencer lo humano y subir rápidamente los peldaños del verdadero amor. Su alma adquirió tanta fuerza y magnificencia de resplandecer en el amor puro.

El Señor me dio a mí, el hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia de esta manera. Porque, como estaba en pecados, me parecía muy amargo ver leprosos. Y el Señor mismo me condujo en medio de ellos, y practiqué con ellos la misericordia.
Y, al separarme de ellos, lo que me parecía amargo se me volvió dulzura del alma y del cuerpo. Y después de permanecer un poco, salí del mundo.
Y el Señor me dio una fe tal en las iglesias, que oraba y decía sencillamente: “Te adoramos, Señor Jesucristo, también en todas tus iglesias que hay en el mundo entero, y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo.”

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Indulgencia de la Porciúncula, 1 – 2 Agosto

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Una noche del año 1216 San Francisco tuvo una fuerte tentación carnal, para combatirla se despojo de sus vestiduras y se arrojó sin titubear ala zarza que rodeaba su celda. Inmediatamente la zarza se transformó en un maravilloso rosal sin espinas. Aparecieron dos Ángeles que lo condujeron en la capilla de Santa María de la Porciúncula, donde encontró a Cristo y a María que lo esperaban, sentados en sus tronos y rodeados por numerosos Ángeles en una luz radiante.
El Redentor le preguntó que premio quisiera por su acto heroico. San Francisco respondió: “Deseo la concesión de una indulgencia extraordinaria a cualquier confesado, arrepentido y absuelto, que entre en esta Capilla”. Respondió el Señor: “Aquello que pides Francisco, es grande pero eres digno de cosas mayores”.

Tal indulgencia es lucrativa para si mismo o para las almas del Purgatorio, por todos los fieles cotidianamente, por una sola vez al día, por todo el año en aquel santo lugar y por una sola vez, del medio día del 1ero. de Agosto a la medianoche del día siguiente, o si no, con el consentimiento del Ordinario del lugar, en el domingo precedente o sucesivo ( a partir del medio día del Sábado hasta la medianoche del domingo), visitando cualquier otra Iglesia Franciscana o Basílica Menor o Catedral o Parroquial.
Para adquirir la indulgencia plenaria es necesario cumplir tres condiciones:

  1. Confesión Sacramental;
  2. Comunión Eucarística;
  3. Oración según las intenciones del Sumo Pontífice (Padre Nuestro, Ave María y Gloria al Padre).
    Se pide además que sea excluido cualquier pecado incluso el venial.

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4 octubre – San Francisco de Asis

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La vida de San Francisco va más allá de la leyenda. Francisco de Asís fue un joven como tantos abandonado a los placeres de la vida, pero un día tuvo que hacer cuentas con la llamada del amor divino y para él no fue fácil deshacerse de todo. Sí, Francisco tuvo el atrevimiento de confiar a ciegas en Dios y dejo la vida y su suerte en Sus manos. Vuelto pobre entre los pobres, fue libre que cantar con el corazón alegre, al unísono con toda la creación. Fue arrastrado por el amor divino sobre las más altas cumbres espirituales y de allí logró ver en cada ser, la chispa del Amor de Dios. Continúa …