Misericordia

jesus_misericordia_confio_em_vosDios muestra su Misericordia al llamar al pecador a la penitencia. Cuando Adán se rebeló contra el Señor, y luego se escondió de su rostro, he aquí que Dios se puso a buscarlo y, casi llorando, lo llamó: “Adán, ¿dónde estás?” (Gén. 3,9). Son palabras de un Padre que busca al hijo perdido.

Dios, muchas veces, ha hecho lo mismo con nosotros. Cuando nos alejábamos de Dios, Él continuaba llamándonos, con inspiraciones, con remordimientos de conciencia, con homilias, con tribulaciones, con la muerte de nuestros amigos. Dirigiéndose a nosotros, parece que Dios nos diga: “Estoy cansado de tanto gritar: mi gaganta está ronca” (Sal 69,4). Advierte Santa Teresa: “Presta atención, porque te está llamando el Señor que un día deberá juzgar”.

Cristiano: cuantas veces nos hemos hecho los sordos con Dios que nos llamaba. Merecemos que Él no nos llame más: sin embargo, Dios no ha dejado de llamarnos, porque quería hacer las paces con nosotros para salvarnos. Pensemos que quien nos llama es un Dios de infinita Majestad mientras nosotros somos pobres y sin méritos: y nos llama para restituirnos la vida de la gracia que perdimos. Convirtámonos y viviremos.

Para poder conquistar la gracia divina, será poca cosa vivir en un desierto durante toda la vida.Si lo hubiésemos querido, Dios nos habría ofrecido su gracia en un sólo momento, por sólo un acto de arrepentimiento por nuestra parte: y bien, solemos rechazarlo. Con todo, Dios no nos ha abandonado sino que, casi llorando, se ha acercado a nosotros diciendo: “Hijo, ¿porqué te quieres perder?, ¿porqué queréis morir, oh israelitas?” (Ez.18.31).

Cuando el hombre comete un pecado mortal, aleja a Dios de su alma. Los malvados dicen a Dios: aléjate de nosotros (Job 21,14): pero Dios se puso a la puerta de los corazones ingratos: He aquí que estoy en la puerta y llamo (Ap. 3,20). Y parece que suplica al alma, para que le deje entrar: Ábreme, hermana mía (Cant 5,2). Dice San Dionisio Areopagita: “Dios va detrás de los pecadores como un amante despreciado, rigándoles que no se pierdan”. Del mismo modo les escribió a sus discípulos San Pablo: Os suplicamos en nombre de Cristo: dejáos reconciliar con Dios (2 Cor. 5,20). Comentando este pasaje, hace esta hermosa reflexión San Juan Crisóstomo: Cristo mismo os suplica, “¿Qué os suplica?. Reconciliáos con Dios, puesto que Él no es el enemigo, sino vosotros”.

Así es, Nuestro buen Señor, día y noche, va detrás de los pecadores, diciéndoles: Ingratos, decidme, ¿porqué huís?. Yo quiero vuestro bien y no deseo mas que haceros felices, ¿porqué queréis perderos?. Pero Señor, ¿qué haces? ¿Para qué tanta paciencia y amor para con estos rebeldes?. ¿Qué esperas de ellos?. No te honra mostrarte apasionado por los que huyen de Tí. ¿Qué es el hombre para que te ocupes de él?. (Job 7,17).

Los principes de la tierra no se dignan ni siquiera a dirigirles la mirada a sus súbditos rebeldes, que no piden perdón. Con nosotros Dios no se porta así. No apartará la mirada de nosotros si nosotros regresamos a Él. Dios no es capaz de negar su rostro a quien se pone a sus pies: pues Él mismo nos invita y nos promete aceptarnos apenas Él llegue. Vuelve a Mí. Yo te recibiré (Jer. 3,1). Convertíos a mí y Yo me volveré a vosotros dice el Señor.

Con cuanto amor y ternura Dios abraza a los pecadores que vuelven a Él. Nos lo ha enseñado en la parábola de la oveja perdida. Tras haberla encontrado, el pastor se la carga en la espalda contento, llama a sus amigos para alegrarse con él: Alegráos conmigo, porque he encontrado a mi oveja perdida. Jesús concluye diciendo: Habrá más alegría en el cielo por un pecador arrepentido (Lc 15, 4-7).

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Semana Santa

El tiempo litúrgico de la Cuaresma y la Semana Santa es una invitación a todos los cristianos a vivir profundamente el misterio del sufrimiento, la identificación con Jesús. Aquí está el punto de reflexión de la jornada espiritual: El que entiende el valor del sufrimiento vivido en unión con Jesús, se garantiza para lograr la plena identificación con el modelo.

“La cabeza está como incrustada sobre el leño. La superficie es rugosa, dura y aumenta el dolor. Las llagas, las heridas, las espinas, la marea de insultos. La cruz es enclavada en el agujero preparado. Todo el cuerpo cuelga de los clavos y el tórax comprimido hace difÍcil respirar. Mis acusadores están ahí, como lobos famélicos, degustando la sangre de su presa herida. No satisfechos, escupen un odio que se complace en verme martirizado, clavado y aparentemente indefenso. Ellos se burlan: “¡Sálvate a ti mismo!” (Mc. 15,29-31). Hubiera podido destruirlos o mostrarles algún prodigio, pero es muriendo en la cruz, aceptando ser inmolado, como podía pagar el rescate por todos.

Ahora comienza la lenta agonía. El tiempo parece detenerse, el cuerpo lucha contra el tremendo dolor que va más allá de lo soportable. Cada instante es el precio por toda la iniquidad pasada, presente y futura, un mayor peso sobre mí. Cada parte del cuerpo, incluyendo la mente, es torturada en rescate de todos los pecados. La tremenda ira del Padre sobre la humanidad perversa ahora se abate con rigor sobre su propio Hijo queridísimo. Sí, he pagado el rescate por vuestras culpas con mi carne. Abandonado, completamente solo, veía en lo alto rigor e ira, en lo bajo, burlas, injurias; y en mí dolor, dolor y más dolor. Cuánta pena el ver al pie de la cruz a mi madre, al apóstol y a las mujeres piadosas. Ella sufría y se ofrecía en silencio. El sufrimiento atroz desintegraba todas mis vísceras y estremecía su mente y su corazón que estaba unido al mío.

Padre bueno, Padre amoroso, acepta mi sacrificio y con la sangre derramada, a estas criaturas. Todo lo di por ellos, limpia sus culpas y sus vestiduras con mi sangre para que resplandezcan como la luz y puedan hacerse dignos de tu amor.”
Extraído del libro: “Abriré un camino en el desierto”.

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San José – 19 marzo

“Cualquiera que sea la gracia que solicites a San José sin duda va a ser concedida, para creer solo tienen que convencerse haciendo la prueba”.
Santa Teresa de Ávila

La vida de San José ha estado verdaderamente marcada por las iniciativas de Dios, iniciativas mistst20joseph20and20jesuseriosas, iniciativas más allá de la posibilidad de entender.
San José se dejaba conducir porque era justo y “justo” es el hombre que vive de fe.

 

Dios no le dice nada, no le da explicaciones, pero él obedece. Ha dicho siempre SÍ con la vida, no con las palabras. Frente a Dios nunca ha habido preguntas o dudas.

¡Cuán fecundo es este silencio! Dios habla y San José hace:
“No temas…”, y él no teme, todos los dramas están terminados.
“Levántate”, y el se levanta y emprende el camino.
“Vuelve…”, y él ya está de regreso.
¡Esta obediencia inmediata de San José a todas las indicaciones del Señor, nos demuestra su bella disposición interior!

Es estupendo este ejemplo de San José que, siendo también jefe de familia, se pone simplemente a su servicio con una familiaridad basada en el abandono y la contínua entrega. San José no mide la vidad de Jesús y de la Virgen de acuerdo a sus propias exigencias, sino que pone su vida al servicio de ellos. No parte para Egipto, cuando es cómodo para él, sino cuando los interéses de Jesús lo requiere.

San José es un laico en el más profundo sentido de la palabra. Es un hombre como todos. El Verbo se encarna en una familia en la que San José es el jefe y vive en la realidad de las criaturas humanas, en la condición más universal, que es la del trabajo y de la pobreza. San José nos enseña cómo ofrecer a Cristo el servicio de una vida totalmente insertada en la realidad terrena.

“Estas son las razones por las que hombres de todo tipo y nación han de acercarse a la confianza y tutela del bienaventurado José. Los padres de familia encuentran en José la mejor personificación de la paternal solicitud y vigilancia; los esposos, un modelo perfecto de amor, de paz, de fidelidad conyugal; las vírgenes a la vez encuentran en él el modelo y protector de la integridad virginal. Los nobles de nacimiento aprenderán de José cómo custodiar su dignidad incluso en las desgracias; los ricos entenderán, por sus lecciones, cuáles son los bienes que han de ser deseados y obtenidos con el precio de su trabajo.” (LEÓN XIII)
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